UN PUENTE TENDIDO: LA POESÍA DE DORA HOFFMANN
Por: Cristina Berbari


 La escritura poética manifiesta lo que ocurre en lo más profundo del ser, su verdad interior. Lo dice un poeta metafísico inglés: “El verso, el mapa exacto de mi desdicha.”
Además, la poesía apela a la imaginación. Lo confirma un romántico: “Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el Arte los vista de la palabra... para salir a la superficie y convertirse en flores y frutos”.
Y ante ciertos destellos, al “comulgar” con la analogía, el poeta toma conciencia de la palabra esencial. Según Octavio Paz, a veces, por un instante duramente arrebatado al tiempo, la poesía  le revela al hombre la existencia de ese alto lugar en donde, como dice el Segundo Manifiesto Surrealista: “La vida y la muerte, lo real y lo imaginado, lo pasado y lo futuro, lo comunicable y lo incomunicable,... dejarán de ser percibidos contradictoriamente”. En el momento de la creación poética, cuando se reconcilian los opuestos, la palabra del poeta se vuelve espontánea, natural, como el destello de un relámpago, y sobreviene la imperiosa necesidad de decirla, ¿o es ella la que nos dice? Posteriormente llega la etapa del trabajo, de la artesanía.
Por todo esto siento a la poesía como esa misteriosa mezcla de relámpago y sudor  revelada por el poema. Y no me cabe duda que ese fue el sentir de la poeta Dora Hoffmann.
Conocí su obra por un artículo publicado en el rotograbado de “La Prensa”, el suplemento dominical del matutino porteño, con su característico color sepia en letras, fotos e ilustraciones. En esas páginas palpitaba la vida literaria de la época, cediendo un espacio más que generoso a poetas y poemas. Fue la primera noticia que tuve sobre su obra. Y resultó nutritiva, enriquecedora.  
El excelente comentario lleva por título “El viaje, una metáfora” y lo firma Alejandro Nicotra, el 23 de abril de 1978 en Villa Dolores, Provincia de Córdoba, donde en la actualidad aún reside el poeta.  Y tiene carácter de homenaje ya que la poeta, poco antes de su fallecimiento, había enviado al diario tres textos inéditos. Se publican junto a su foto que muestra el rostro armónico, la sonrisa soñadora como sofocada por un sentimiento oculto, y cierto halo en la mirada transparente que al mirarnos parece ver más allá. Me detengo ante unos versos, como detiene el asombro al encontrar esas palabras que hubiéramos deseado escribir: Los grandes viajes, /  los verdaderos grandes viajes, / comienzan / en nosotros.                                      

Dora Buschiazzo de Hoffmann o Dora Hoffmann, como se la reconoce literariamente, nació en Gualeguaychú, provincia de Entre Ríos, ciudad famosa por su Carnaval, por el actual reclamo de habitantes y ecologistas ante la construcción de la “Papelera Botnia” frente a sus costas, y desde antiguo conocida como “la Ciudad de los Poetas”. En ese ámbito, quizás más tranquilo y recoleto en la década de los ’70, la poeta pasó sus días prácticamente aislada.
Publicó dos poemarios: “Los habitantes de la memoria” (1975)  y  “Cuaderno de viaje” (1977). Póstumamente, en marzo de 1981, apareció su cuarto libro “La casa y otras ausencias”.
Desde el prólogo Emma Barrandeguy dice: “Aquí están sus motivos: la casa, el tren, la ventana, los espejos, el jardín, la nostalgia.... Sólo quisiera incitar a leer estos poemas con  el mismo sentimiento de belleza perenne que hace que la poesía de Dora Hoffmann se proyecte más allá del acontecer provinciano hacia el lugar donde el tránsito de su melancolía la ubique junto a otros grandes poetas de nuestro país.”
Según la nota titulada “Homenaje a una poetisa” que acompaña al mencionado comentario de Nicotra, “dos libros le bastaron a Hoffmann para consumar un destino literario inusualmente maduro desde sus primeros poemas. Los años que le fueron concedidos no le permitieron recoger en vida los frutos seguros de tanta excelencia.” Poco antes de su muerte empezaba a recibir algunos premios trascendiendo apenas los límites de los medios literarios argentinos. 
En 2004, la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) Seccional Gualeguaychú ha instituido en su homenaje el Certamen Provincial de Poesía que lleva su nombre.
                                   
Su poesía es una meditación de la existencia, una honda indagación metafísica. La que se siente extranjera en este mundo se debate en la lucha entre opuestos: luz-sombra, cima-abismo, vida-muerte. Busca su verdad y alcanza  esos destellos, ese “alto lugar” en el que se reconcilian los contrarios. Con lenguaje sencillo y puro pero de gran hondura, sus versos sobresalen por la sorprendente plasticidad de las imágenes. Aunque trate diversos temas la unidad se alcanza por la sed de absoluto, por la elaboración de la infinitud en el vaivén de lo cotidiano.
“Noción y temblor” —apunta Nicotra— “pues Hoffmann tiene la rara habilidad de reunir la reflexión intelectual y la captación de lo sensible. Su pensar es, sin embargo, más que abstracto, imaginativo“. “Fragilidad y nihilismo,” —agrega— “al nombrar, premonitoriamente a la muerte, a la nada,... aunque en algunos versos se afirma, heroicamente, la voluntad de resistencia a pesar de todo.”
Cito algunos fragmentos que pertenecen a su poemario Cuaderno de viaje.
Cuando nos deslizamos / entre cielos provisorios, / no esperamos / que alguna raíz crezca bajo nuestra sombra.
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Pero aún, / soy un terco ejército de huesos / una arena ordenada / un hambre circular. / Aún me alimento bajo mis párpados / y llevo a cuestas mi pedazo de existencia, / mi pan raído.
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Yo soy la constructora de la noche, / la purísima nadadora del reino circular. / No tengo orillas / porque crezco en la muerte y me derramo.

¡Cómo no admirar estos versos! Por empatía, en la poesía de la entrerriana encontré un puente tendido, puente de estructura férrea y de doble mano por el que crucé y en el otro lado me reconocí al conocerla.
A su último libro pertenece el poema titulado
La ausencia
Todas las cosas plasman / su no estar, / distribuyen su huída en pasos calculados, / pulen un abismo / que poco a poco las devora / con mandíbulas sabias. / Sin saberlo / cada cosa aspira su vacío / con una boca mineral, / y el hueco que ha dejado la palabra / al caer / o el pájaro, que calla, / al instante se colma / de una forma densa, igual / pero de ausencia. // La ausencia no nos quita. / Nos añade. / En ella tocamos / lo que el cielo prepara: la respiración y el alimento de los dioses.

En este puente tendido por la poeta, no hay ausencia. Hoy y aquí, Dora Hoffmann ha sumado “presencia”.

Cristina Berbari, poeta y ensayista  -  Buenos Aires - Argentina
Enero de 2009

 



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