LA POESÍA DE ANTONIO REQUENI
Por María Granata


 

Acaso Antonio Requeni se sienta más en la creación que lo rodea que en sí
mismo. Sabe salir del paisaje de su interioridad e internarse en los otros sintiendo lo oferente de la naturaleza. Y cuando vuelve a entrar en él lo hace guiado por la luz que desprende su poesía.
   Su asombro fluye como si fuera su sangre verdadera. Sabe extasiarse, quizás a la espera de incontables revelaciones. Toda su poesía tiene el acento de palabras dichas  por la vegetación y los minerales y la perpetuidad del agua.
   Antonio Requeni y el paisaje se entremezclan, buscan la unidad, se descubren semejanzas bajo el constante signo de la frescura. Su tono de impulsiva confesión responde a la imperiosidad de un ofrecimiento, a la necesidad de devolver al entorno el ardor de lo existente.
   Extensa es la obra de Antonio Requeni. Su primer libro, “Luz de sueño”, fue publicado en 1951. Le sucedieron: “El alba en las manos”, de 1954, “La soledad y el canto”, de 1956, “Umbral del horizonte”, de 1960, “Manifestación de bienes”, de 1965, “Inventario”, de 1974, “Línea de sombra”, de 1986, “Poemas”, de 1992, “El vaso de agua”, de 1997 y “Poemas italianos”, aparecido en el año 2003. En suma, obras reconocidas y premiadas. Por cierto, una entrega de vida, dadivosa su alma, oferente el acervo de su espléndida condición humana.
   Nuestro poeta pasa “a tientas por el éxtasis” de un descubrimiento a otro. Este es su camino elegido. En él esa suerte de andar es natural, más aún, imperiosa. Se niega a desviarse: la revelación es el aire que respira, es lo que le da sentido a la existencia. En sus versos merodean precipicios que apresaron una luz que sólo él ve. Y no hace sino consubstanciarse con la naturaleza: “Porque también fui polen”.
   Acaso esta condición presente en su alma lo induce a rogarle a un árbol un bien para su hijo, una dádiva: “Te pido que le enseñes a llenarse de pájaros”
   ¡Cuánta belleza hay en este ruego! En Antonio Requeni el sentimiento lo determina todo, une a su constancia una luminosidad reveladora de su espléndida condición humana. La creación, como salida de los escondrijos de la diversidad, lo vuelven más contemplativo aún, más absorto:
     “Estoy de pie pero mis ojos se arrodillan”
Hay en estas palabras un cúmulo de belleza inolvidable para el afortunado lector.
   La sinceridad en él es una exhalación dominante. Por momentos su tono es el de una confesión entrañable, por momentos el de una estupefacción a la que le cuesta concluir. En cada uno de sus versos asoma la necesidad de comprender la abstracta condición de los incontables universos ocultos en todo lo existente. Y nos dice:
   “Alzo los ojos y contemplo -la ceniza rosada del crepúsculo- como el ala de un ángel”
   Podemos afirmar que el vínculo que une a Antonio Requeni con el heterogéneo mundo circundante es la contemplación. Él está como en un centro viendo girar la vida, y todo le parece recién creado. Lo signa una arrebatadora inocencia. ¿Y qué es la poesía sino inocencia?
   Él sabe que “las palabras son islas que se ocultan” y asimismo sabe que “somos el resplandor fugaz de un llanto”. La presencia de la luz es siempre salvadora. Y nuestro poeta se aferra a su existencia con el intrínseco júbilo de seguir siendo.
   En cada uno de sus poemas Antonio Requeni va hacia la diafanidad eludiendo siempre el ataque de lo sombrío. No lo inmoviliza la quietud. Él va siempre hacia la luz ya que ha descubierto “Una luz que me atrae hacia su origen”.

 

 

                

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