LA MUY EXTRAÑA MIRADA DE PROUST - Por Liliana Díaz Mindurry

Se afirma que Proust es un buscador de la verdad (y no de la memoria) a través de la Recherche du temps perdu. ¿De qué verdad se trata? ¿Se puede afirmar que alguien puede buscar una verdad a través de la maldición literaria?

Se trata de una búsqueda determinada por una violencia que empuja al aprendizaje y no es voluntaria. La violencia garantizaría la autenticidad. ¿La autenticidad de qué? ¿El aprendizaje del fin de todo aprendizaje? ¿La máquina que funciona para explicar el imposible funcionamiento?

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En primer lugar la mundanidad es una serie de signos vacuos y la felicidad de la reminiscencia comporta la paradojalidad de la certeza de la muerte. La búsqueda del signo es forzada. Ese forzamiento aumenta los signos de la presunta verdad que busca Proust.. Pero ¿hay alguna posibilidad de verdad que surja de un lenguaje? Peor aún: de un lenguaje fragmentario, digresivo, de un tiempo arbitrario, de un procedimiento buscadamente antilógico, antimetodológico.

Ante todo Proust cree que la amistad (a diferencia del amor, falaz por naturaleza, sin embargo) establece comunicaciones falsas basadas en malentendidos. Filosofía y amistad ignoran las fuerzas oscuras que obligan a pensar y a Mal-Decir literariamente. No hay libertad, la literatura es a pesar nuestro. El amor renuncia a toda comunicación. El arte, según Proust llegaría a las esencias, lograría recuperar el tiempo perdido. Estas esencias no son iluminaciones platónicas: son como el amor, una renuncia a la comunicación. Una esencia surgida de la lucidez de la incomunicación absoluta: el caos de la memoria el tiempo recobrado que recobra o mira cara a cara la muerte. Mientras que la filosofía, la amistad creen en una posibilidad de orden, no nacen de ninguna violencia, sino de una buena voluntad que lleva a un mundo falso donde las cosas parecen ser lo que no son, las esencias del arte (léase literatura) llevarían a entender lo que es, o sea el mundo primigenio del desorden. De lo contrario, la literatura de Proust sería una especie de filosofía involuntaria., una filosofía llevada por la violencia y no por el deseo de saber, y el resultado sería literario: fragmentación, elogio de la digresión constante, antilogos, unidad de lo confuso. Un estilo: nada más que eso.

Al considerar que el arte transmita temas inconscientes, arquetipos involuntarios y no una ordenada exposición armónica, Proust, lo quiera o no, participa de esta maldición exacerbada de lo literario. Combray aparece no en su realidad sino en una esencia, en su diferencia interiorizada, en la sublimación de la subjetividad. El fragmento no es totalizable y como corolario se va a confrontar el pathos al logos.

El lenguaje va a ser claramente engañoso: como marca Deleuze, Proust se ve similar al profeta judío y no al filósofo griego. El profeta judío, sin Logos que lo proteja, siempre tiene necesidad de un signo para persuadirse de que el signo de Dios no es engañoso. Dios (el lenguaje) puede querer engañarle.

En este sentido Proust observa en su literatura los signos perfectos del Mal-Decir y los utiliza en su provecho. Hablar de esencias, puede ser irónico, y no es descabellado pensar en un hombre que de tal forma se burló de la filosofía y la lógica, la memoria voluntaria y la unidad. El fragmento no pertenece a la unidad, no hay parte que le corresponda, no ha sido arrancable de un cosmos ni será devuelto (o podrá ser devuelto) a él.

No hay por tanto unidad perdida. El orden cósmico ha sido desmoronado, desgajado en cadenas asociativas y puntos de vista no comunicantes (Deleuze).

El lenguaje de los signos se reduce a la desgracia y a la mentira. Proust le reprocha a Baudelaire haber buscado analogías demasiado platónicas, aunque lo suponga precursor.

La reminiscencia está unida a una cadena asociativa heteróclita, sólo hay un punto de vista creador. Pero ¿este creador es un creador de un punto de vista con una lógica que se cierra en sí misma? Tampoco este punto de vista creador sabe lo que dice. No hay ningún conjunto, y hay distintas velocidades para cada trozo que no remite a nada.

El contenido está tan perdido, es más, como un sueño, no ha sido jamás poseído de ninguna manera. Su reconquista es la creación, pero esa creación es un Mal-Decir, desde el momento que no comporta un orden. Albertine tiene mil rostros, se salta de uno a otro, no se reúne nunca.

Por algo se habla en Du côte de chez Swann de un lado de Méséglise y un lado de Guermantes, entonces estamos ante líneas transversales que saltan sin juntarse. Los vasos cerrados incluso se organizan en direcciones opuestas.

No hay Ley. Nada se vincula. Si no hay Ley, estamos en los dominios literarios. Podríamos decir en los del lenguaje, pero en lenguaje se organiza en una farsa de Ley, en una farsa de comunicación. Como en Kafka la Ley es del todo incognoscible.

La Ley sólo sanciona, como en Kafka. En La Muralla China lo fundamental es lo fragmentario de la muralla. Desde la pesadilla kafkiana a la elegante sensualidad irónica de Proust no hay gran distancia.

Otra de las ideas de Proust es considerar su obra como una máquina que sirva para leernos a nosotros mismos. ¿Qué se puede leer en ella? El monstruoso lenguaje que deforma cualquier tentativa de verdad unificadora. Una forma de ver el caos interno que acecha en nuestro pretendido orden, la máquina inconsciente, la irrealidad de nuestra memoria y de nuestro tiempo perdido recobrado en otra cosa que ninguna ligazón tiene con el pasado. La de Proust es una obra que no tiene problema de sentido (no hay sentido para buscar o interpretar) sino un problema de uso, de funcionamiento.

No hay sentido. Y de ningún modo ninguna presunta aproximación al sentido está en la impresión o en el recuerdo, pero esa impresión o recuerdo es un equivalente Mal-Dicho por la involuntaria máquina de interpretación. Si resuenan dos objetos lejanos, se produce un lazo indescriptible de palabras que no son, desde ya, el sentido del tiempo perdido ni el de la memoria. Esa alianza de palabras, como decíamos en otro capítulo ya es otra cosa: un objeto nuevo, un caos otra vez formado como antes del mundo.

Ese es el estilo. Una resonancia. Algo que sustituye lo inconsciente por una producción artística que logra una esencia que nada tiene que ver con ninguna filosofía, con ninguna voluntad.

Es un cortocircuito antilógico y gratuito. Nadie sabe qué es la Belleza pero de eso se trata. Sólo que este cortocircuito será poéticamente necesario. ¿Cuáles son las condiciones de esa necesidad?

Jamás podrá saberse. Pero lo que es seguro es que por ese lugar anda la muerte, la catástrofe final, como ya circulaba en la reminiscencia, en el resonar de objetos lejanos y la violencia de la memoria involuntaria. Son éxtasis paradojales porque circula por ellos el Mal-Decir del lenguaje, su mentira concreta. Hay una vinculación entre el fin último extático y el fin último catastrófico.

Cuando la máquina proustiana produce un movimiento forzado de gran amplitud conseguimos el efecto de retroceso y/o la idea de muerte. Así el Tiempo, la linterna mágica del Tiempo descuartiza objetos, rasgos, plenamente producido por el lenguaje literario que como el tiempo, o porque está hecho de Tiempo, distorsiona y descuartiza.

Comparar la obra de arte con una catedral (como hace Proust) no es como maravillosa totalidad, unidad, cosmos, Logos sino una forma de mostrar costuras, remiendos, agujeros. ¿No habíamos dicho que el caos es una abertura en el tejido (texto) del mundo?

Cada punto de vista es un universo en sí que no se comunica con ninguno y que afirma su increíble diferencia.

Leemos: Un río que pasa bajo los puentes de una ciudad era tomado desde un punto de vista tal que aparecía completamente dislocado, desplegado aquí como lago, reducido allí a un simple hilo de agua , roto más allá por la interposición de una colina. Y también: vertical inflexible de los campanarios que no ascendían, sino más bien, según el hilo de plomo de la pesantez marcando la cadencia como en una marcha triunfal, parecían mantener en suspenso a sus pies toda la masa confusa de casas escalonadas en la bruma, el curso del río aplastado y descosido. Buena imagen del caos: todo se disloca, se desplega, pero se rompe, la confusión llega a las casas, el río es descuartizado ( aplastado-descosido de la textura del Logos). El río aplastado y descosido como un símbolo del lenguaje debe ser interpretado, descifrado, desenrollado: pero el creador siempre traiciona, aún vigilando los signos de la traición como el celoso.

La creación no es contingente sino forzada a surgir en el mundo. Su mundo de esencias es una mentira fragmentaria que al recobrar pierde para siempre. Lo que surge es otra cosa. El punto de vista ha producido un trastorno: puede ser un lago o un hilo de agua si así lo impone la colina. El río que es lago y que es hilo de agua, es algo completamente distinto: un mundo lateral que nada tiene que ver con ese mundo fáctico que el lenguaje y el tiempo (el lenguaje se despliega en el tiempo e intenta reproducir el tiempo) han vuelto irreales, fantasmáticos. Hay bruma, confusión, el río de los hechos queda para siempre aplastado y descosido como un río del caos.

Ninguna inteligencia abstracta logrará mediante ninguna voluntad racional imponer orden. La mirada de Proust es una extrañeza que subvierte, separa. Y de ese modo logra ese efecto único que sin angustiar muestra un rompecabezas de imposible unidad. Y esa unidad imposible termina siendo un alivio.

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