por Leonor Silvestri


Pasé el mes de diciembre en las afueras de un pueblo perdido en Irlanda, donde solo viven 1,500 personas, en una casa donde han nacido y muerto varias generaciones de una típica familia rural de la frontera entre la zona ocupada por Inglaterra y la república, donde todos tus años estudiando inglés no valen nada a la hora de entender esa mezcla extraña de acentos, modismos y palabras directamente en gaélico, proferidas por gente que ha recibido poco y nada de escolarización, aunque ahora goce de todos los beneficios económicos de vivir, finalmente, bajo el imperio del modelo consumista del primer mundo. Y atención, te advierto: no fueron vacaciones, estuve de viaje; a no confundir lo que me alimenta con lo que me da de comer.

Esta es, de algún modo, mi otra familia, los Donnellan, que han vendido su vieja casa. En la mudanza, como siempre ocurre, no importa en qué país, se remueve todo. Yo ya me he leído todos los libros que me llevé para reseñar, libros que, en general, no elijo pero que, muchas veces, me sorprenden gratamente. No traje nada más porque hubo alguien que me dijo “viajar es un poco escuchar la música y leer los libros de las otras personas con las que te vas cruzando”, y yo seguí ese consejo. En el revoltijo y la conmoción de esa casa que se mueve, me encuentro con “The Complete Fairy Tales” de los Hermanos Grimm. Aquí no hay mucho más para leer, a menos que quieras echarle un vistazo a la Biblia. Sin embargo, me lo guardo sin avisarle a nadie; sé que es un libro huérfano, que pertenece a niños que ya no lo son más, y que, como Hansel y Gretel de la ilustración de su tapa, nadie lo quiere, los nuevos irlandecitos ya no tienen tiempo de leer. Además, me convenzo, los libros son libres: hurtar uno, es un acto de fe y de justicia.

 Lo que me lleva a leerlo no es la nostalgia de una infancia que en mi caso fue poco feliz y no deseada. Su lectura, no me transporta a una aurea aetas, y de hecho, conozco estas historias lo suficientemente bien como para incluso contarlas yo misma de memoria cual rapsoda. Nada me recuerda ni a la colorida versión ilustrada que me regalaron cuando era chica, o a esa otra, académica, costosa y anotada de una erudita editorial española. Sus descoloridas hojas hacen cuerpo la expresión que mi segunda lengua tiene para referirse a páginas leídas una y mil veces, dobladas y caídas como las orejas de un perro. Los sonidos en inglés de los relatos y las rimas me distraen de la imagen que yo tengo de estas mismas historias- a veces no reconozco los títulos y no sé que leeré, hasta el rubio de la trenza de Rapunzel es de otro oro, ni mejor ni peor.

Quizás lo que me una a los hermanos Grimm, además de la extrema violencia de estos relatos – que realmente no me figuro sean para niños- sea que no son sus historias, sino las que, según cuenta la leyenda que ellos mismos se encargaron de hacer circular, los cuentos recolectados de boca de una anciana tras emprender un viaje con fines filológicos.

¿Y qué es acaso viajar sino subrepticiamente escabullirte en un bolsillo un libro que no era tuyo o recolectar historias, que en general son ajenas, pero que harás propias, y volver  a tu pueblo para contárselas a otros?

 





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