ALFONSINA STORNI, O LA VALENTÍA EN LA VIDA Y EN LA MUERTE.
 Por Susana Cattaneo


              

 Los que escribimos poesía tenemos en nuestra historia literaria autores que nos ayudaron a dar los primeros pasos. Son aquellos con los que contactamos de muy jóvenes, los que tuvieron prioridad en nuestra lectura.
En mi caso, Alfonsina Storni es uno de estos autores, junto a Amado Nervo, Pedro Salinas, Claudio de Alas, Rubén Darío, entre otros. Todos ellos me provocaron una sensación de bienestar.
Esta inolvidable poeta argentina, considerada perteneciente al postmodernismo en nuestro país, pone a la mujer como un ser pensante, disintiendo con la ideología reinante en ese momento. De nacionalidad suiza, nació en marzo de 1892.
Sus padres, Alfonso y Paulina emigraron aquí donde nacieron dos de sus hijos. Luego regresaron a Suiza, a un pueblo llamado Sala Capriasca, donde nace Alfonsina. Más tarde vuelven a la provincia de San Juan, donde habían estado antes y en la que viven hasta el 1900, año en que se trasladan a la ciudad de Rosario.
Alfonso muere en 1906 habiendo sufrido hasta entonces problemas económicos importantes, que hicieron que Alfonsina trabajara de lavaplatos y otros trabajos afines. Más adelante se desempeña como operaria en una fábrica de gorras hasta que se le cruza la oportunidad de ganar su sustento en un teatro cuyo director era el español José Tallaví. Tras muchas horas de trabajo, se las ingenia para estudiar y en 1909 entra a una Escuela Normal Mixta de Maestros Rurales de Coronda, donde obtiene el título de Maestra Rural.
Comienza a publicar algunos poemas en revistas de Rosario y antes de cumplir 20 años se instala en Buenos Aires. Se embaraza de un hombre casado con más de veinte años que ella y en 1912 nace su hijo. Así Alfonsina debe afrontar una sociedad que la condena por ser madre soltera.
Sigue trabajando y paralelamente a esto escribe y en 1916 surge su primer libro “La inquietud el rosal”, colaborando también en revistas y diarios.
Se vincula con socialistas y difunde sus poemas a través de lecturas hechas en distintas reuniones.
En 1918 edita “El dulce daño”; en 1919 “Irremediablemente” y en 1920 “Languidez” que recibe el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura.
En el periódico “La Nación” escribe sobre el lugar que merecen las mujeres en la sociedad. Dice: “Llegará un día en que las mujeres se atrevan a revelar su interior; este día la moral sufrirá un vuelco, las costumbres cambiarán”. Vemos que su periodismo enfrenta a la sociedad patriarcal y los arquetipos establecidos lo que hace que se la considere una verdadera feminista.
En 1925 edita “Ocre” y a partir de 1926 dispone de una cátedra en el Conservatorio de Música y Declamación donde da clases de arte escénico. También da clases de literatura y matemáticas en escuelas de adultos, de noche.
En un mundo dominado por los hombres, al finalizar los años 20, Alfonsina es una mujer sólida en el ámbito intelectual.
El trabajo, la crianza del hijo contra todo reproche posible y la lucha por obtener el dinero necesario para subsistir, la llevan finalmente a padecer crisis nerviosas que la obligan a descansar. Los lugares elegidos para ese descanso son  Mar del Plata y Córdoba.
Al reponerse de estas crisis sigue su vida  concurriendo entre otros lugares, al Tortoni donde se hacían importantes veladas literarias. También participa en el grupo Anaconda, donde entabla una gran amistad con Horacio Quiroga.
En los primeros de sus libros encontramos un tono romántico que prevalece por entonces en la poesía femenina junto con un lenguaje preciosista. Pero no podemos dudar que escribió influenciada por la lucha cotidiana y todas sus duras experiencias.
En sus poemas sobresalen temas transgresores, critica la obligación a que la mujer deba llegar virgen al matrimonio, habla de la igualdad erótica entre los sexos, del derecho a la independencia, entre otros ítems. Vemos también que está muy presente el tema de la muerte.
En cuanto a su vida afectiva, Alfonsina tuvo amores frustrados. No pudo lograr un equilibrio entre la independencia y el estar en pareja, seguramente porque ella era una mujer muy diferente de lo que pretendía la sociedad de aquella época. Todo esto contribuyó a que sus crisis continuaran. Sin embargo pudo salir adelante con su hijo y logró ser su propio eje.
En 1927 estrena una obra de teatro “El amo del mundo” que alteró los ánimos sociales. Los críticos llegaron a escribir: “Alfonsina Storni denigra al hombre”. Al mismo tiempo, ya los ultraístas la tildaban de cursi, colaborando a su sufrimiento frente a un entorno agresivo.
Realiza más tarde viajes a Europa y edita en 1934 “Mundo de siete pozos”, donde los temas tienen que ver con la urbe. Más tarde sale a luz “Mascarilla y trébol”, libro donde lo oscuro emerge sin piedad. Antes de editarlo, Storni enferma de cáncer de mama, sufriendo una mastectomía.
A los dos años, empeora su salud. Sus dolores físicos son casi insoportables y desde el punto de vista psicológico el suicidio de Quiroga, el de su hija Eglé y el de Lugones, la destruyen.
En este estado, el año 1938 va a Mar del Plata a descansar, según ella afirma. Se ubica en un hotel, llama a la dueña y le entrega un sobre para su hijo, sobre que contiene el último poema que escribió también para su hijo: “Voy a dormir”. Luego -era madrugada del 25 de octubre-, Alfonsina bajo una lluvia intensa, toma un rumbo que conduce a la playa La Perla. Se interna en el mar y se quita la vida.
Creo que esa noche fue una noche azul en la que el cielo estuvo de fiesta porque la recibió con su abrazo. Ella caminó por esa arena fría, entre el sueño de las gaviotas, dormidas en paz  hasta la próxima mañana. Cada paso suyo era una despedida, labios frescos que emigraban hacia el infinito pronunciando poemas, poemas de ésta, nuestra poeta, eterna para siempre en el corazón de todos.
Tuve la oportunidad de hablar con su hijo Alejandro, quien me dijo de su orgullo por haber tenido una madre que fue valiente como lo fue ella. También me trasmitió que dos o tres días antes del suicido, tuvieron ambos una conversación a través de la cual supo lo que ella iba a hacer. Le fue imposible evitarlo.
Podemos, tal vez, justificar más que cualquier otro, al suicida que se mata por padecer una enfermedad incurable y terminal que, por otra parte, le inflige dolores brutales y que, como si fuera poco, mutila su cuerpo en muchos casos.
Hasta el último acto de su vida, Alfonsina fue valiente, porque, afirmo, sólo poseyendo una valentía extrema se puede realizar lo que ella llevó acabo y la forma en que lo hizo aquella madrugada.
La siento conmigo como cuando yo era adolescente y la leía. La siento conmigo; está en la lluvia, en el sol, en el mar. Con su fuerza y su poesía.
Leamos, entonces, su último poema y nunca soltemos su mano:

VOY A DORMIR

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación, la que te guste;
todas son buenas: bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides…Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…

 

 



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