CERTEZA  por Alicia Lombardelli

 

Alberto despierta. Es su día franco. El que le recuerda su intermitente porción de libertad que lucirá orgulloso en la solapa cuando salga a la calle –es decir a la vida- para ser visto y además envidiado.

En horizontal, disfruta la redondez de su vida. Vida armoniosa y redonda sólo comparable a una astuta bola de billar destinada a encontrar su hoyo. Bola altanera, prescindente de carambola alguna en el paño de su juego. Vida inmune al azar y predicciones.

            Alberto presiente que todo está en su lugar con un orden casi natural. Dinero, trabajo, salud y amor. No por casualidad, se considera estratega de la cada cosa en su lugar construyendo plenitud, un simple boy scout al servicio de los demás en plena escasez de objetivos tangibles, un compulso maratonista frente al llamado del anónimo   deber, un experto ajedrecista campeón de sí mismo.

            Laxo entreabre los ojos, estira el brazo derecho por debajo de la sábana. Su mano, que viste la calidez de la tela dispuesta a cubrir el cuerpo de esa mujer que lo acompaña desde hace veinticinco años, prueba una caricia. Toca una ausencia. Insiste. Ahora toca el vacío. Insiste. Palpa una silueta imaginaria. Insiste. No, su mano toca sábana, colchón y almohada. Una y otra vez. Como piedra, tijera y papel. Piedra rompe tijera, tijera corta papel, papel tapa piedra. Pero sábana, colchón y almohada no rompen ni cortan. Sólo tapan. ¡No rompen, no cortan, tapan! Sábana tapa colchón, colchón tapa rostro lloroso en él hundido, almohada tapa grito del rostro que la escupe. Ella no está. Alberto constata que esa pieza se ha movido en su tablero. Ella no está. Se sorprende.

            Alberto, labios sinuosos, apretados, confusos. Dos labios, gesto de una frágil mueca. Boca estéril. Boca de entrada sin salida visible. Boca de salida sin retorno. Duele el pecho. Ella no está.
 
            Alberto bosteza. Turbado huele su fétido aliento matutino. Aliento de buitre carroñero. Teme que ese buitre alcance su cerebro, lo contamine, lo pudra y finalmente lo devore.
            -Una enérgica cepillada de dientes barrerá mi imperfecto despertar, limpiando a futuro todo resquicio de caries que exigen ser taponadas- se dice irónico en voz alta como para escucharse y, dicho esto, se olvida del tema y del olor, retrotrayendo su aliento a las profundidades, las caries a su inodoro silencio, el cepillo y dentífrico al estante de dónde no alcanzaron a salir. Se siente mejor. Cada cosa en su lugar. Menos una. Ella no está.

            Encomendándose al dios del olvido, ensaya soledad para su estreno. Aún así no puede dejar de pensar en ella, no en su soledad, en ella, su mujer, la que no está. La imagina, ciegamente la ve, la dibuja. La imagina lejos…mano alzada en aires de despedida. La imagina cerca…mano abatida, regresando a su entrepierna para herirse en el filo de su espada una vez más; en aires de despedida, hasta amputar recuerdos. La imagina y en un arranque de placer deja que las palmas le acaricien el sexo. Comprueba que éste no ha partido y, significativamente está en su lugar. Breve es la calma. Su sexo se rebela al rozarlo. Alterado se mueve haciendo peligrar su lugar habitual. Sólo atisbo. Breve es la tempestad, efímero su estadio, para un solitario regreso. Algo ha cambiado. Ella no está.

            La mano que ha paseado por el sexo, tuerce a la derecha arrastrando doblado una mitad de cuerpo, hacia el borde de la cama, en busca de la mesa de luz y la perilla que funde la luz precisa. La que da nombre a la mesa que ha tocado y la que le concede percibir dos sobres. Alberto comienza a considerarse “Alberto ojos abiertos” pero. Ella no está.

            Desconcertado abre el primero. Dentro, una lacónica carta de la empresa para la cual trabaja hace veinticinco años. Una resolución, la de prescindir de sus servicios. Por globales y críticas razones que son de público conocimiento. Un despido, sí, inesperado despido que nada tiene que ver con él, le toca de carambola. Se aferra al madero de su pensamiento. Oye su grito:      
-No soy el destinatario. Errar es humano, la empresa se equivoca. Mañana seguramente llegará la rectificación-, mientras huele que algo no está en su lugar. Y además ella no está.

            Se abalanza sobre el segundo sobre. Busca, no sabe bien qué o a quién, pero busca. Por primera vez se busca. Se demora en abrirlo e introducir la mano esa, ésa su mano derecha. La tocadora de ausencias, sexo y vacíos de infancia en piedra, tijera y papel. Ese papel que encuentra y en el que reconoce la menuda, inalterable y ordenada letra como cortada a tijera, donde ninguna escapa al renglón de apoyo con solidez de piedra. Letra firme que le dice. Letra de ella, la que no está, pero que estuvo durante veinticinco años y se despide motivada por razones que son de íntimo conocimiento. Una despedida, sí, inesperada despedida que nada tiene que ver con él, le toca de carambola. Algo no está en su lugar. Y es ella claro.

            Alberto cree sufrir. No duda de los hoyos que aparecerán tarde o temprano, duda de la redondez de su vida, de su desgastado paño, de su resistencia, de su ligereza en renegar de la carambola. Se aferra al madero de su pensamiento. Ahora no grita, susurra:
- Soy el destinatario. No hay error posible- y vuelve a su postura de origen, cuya horizontalidad garantiza el retorno al laberinto de su precario orden para reordenarlo definitivamente a su manera.
-Pruebas de vida que le llaman- dice Alberto. –Quizá, ella se fue a poner las cosas en su lugar. Pero en su lugar…que bien podría ser cualquiera. Menos mal que tengo el mío-. Al descansar su mejilla en la almohada, ambas se humedecen al contacto de una lágrima semejante a un alarido.
           

Alicia Lombardelli
Buenos Aires
Noviembre 2009
Abril 2010

 

                

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