CARTA PARA ALEJANDRA PIZARNIK EN EL PAÍS DE LA INOCENCIA
Por Antonio Requeni


 

Querida Alejandra:
                                 Hoy estuve caminando por tus calles, esas calles que nos vieron andar juntos hace más de cincuenta años. Éramos muy jóvenes. Vos, una chiquilina de pelo rubio y ojos claros, ensanchados por el asombro, te parecías a Alicia en el País de las Maravillas. Hablábamos de poesía sin que el tema se nos acabara nunca. Hablábamos también de seres cuyo descubrimiento y amistad iban enriqueciendo tu alma. Recuerdo tu fascinación ante los paisajes perturbadores que te invitó a transitar el pintor Batlle Planas. No olvido tu deslumbramiento ante la sabiduría humilde y el aura de santidad que parecía desprenderse de nuestro admirado Antonio Porchia. Te veo aún subyugada por la personalidad de Arturo Cuadrado, a quien le faltaba la barba y le sobraba un brazo para parecerse a aquel funambulesco don Ramón María del Valle Inclán; el increíble Arturo Cuadrado, que fue amigo del autor de “Las sonatas” y editó tu primer libro en los años iniciales de Botella al mar.                            
  Te veo todavía, Alejandra, por la calle Lambaré, en Avellaneda, donde estaba la casa de tus padres, en cuyo zaguán nos sentamos una noche, de regreso de una reunión literaria, a recitarnos versos. Te evoco por Viamonte, la cuadra de la facultad de Filosofía y Letras, especialmente aquella tarde en la que a poco de doblar por Reconquista te detuviste ante los cajones con manzanas de una frutería expuestos en la vereda, y tanto te maravilló la presencia carnal de una manzana, su rojo brillante, su aroma con reminiscencias de Paraíso y de pecado, que te apoderaste de ella y saliste corriendo –yo contigo- mientras el frutero, advertido del  hurto, levantaba su puño amenazante mientras nos insultaba desde la puerta de su negocio.
    Aquello fue una travesura de niños. Yo entonces no lo era tanto, pero tu compañía, Alejandra, tenía la virtud de devolverme a la atmósfera inocente y alegre de la infancia. Éramos dos hermanos unidos por comunes hallazgos, a quienes no consiguen separar con el tiempo, temperamentos o convicciones distintas. Porque en materia de poesía seguimos caminos aparentemente opuestos. Yo opté por la comunicación y el sentimiento –un día me dijiste, sonriente-, que era un sentimental sin remedio, un poeta de otra generación que moriría aplastado por una lágrima-. Vos elegiste el camino más arduo y oscuro, el más alucinante y angustioso, el de aquellos poetas abismales y reveladores que ofrendaron su destino en el altar de la poesía y ardieron en su fuego.
   Cuántas veces hablamos sin discutir jamás -¿te acordás, Alejandra?- en tu pequeña habitación de la calle Lambaré, y después, cuando te mudaste a Montes de Oca, en Barracas, en aquel otro cuartito repleto de libros, afiches y collages. Recuerdo un gran cartel en el que aparecía Gerárd Philipe comiéndose un libro. Por aquella época me confesaste tu amor por el gran actor francés y me envidiabas porque en mi próximo viaje a París iba a tener oportunidad de verlo. Gérard Philipe murió cuando yo llegué a la ciudad inteligente. Supongo cómo habrás sufrido al recibir la noticia.
  El relato de mis andanzas parisinas avivó más aún tu deseo de vivir en la capital de los poetas y marchaste hacia allí un año después. Conservo tus cartas con sus renglones de letra menuda, infantil, y sus viñetas de muñequitos encantadores. En París conociste a Simone de Beauvoir y a Sartre, a Octavio Paz y a otros grandes nombres de la literatura universal, pero, como aquel Malte Laurids, de Rilke, intimaste también con la soledad. La soledad ya no te abandonaría nunca.
  En una de esas cartas me dijiste en francés: “je ne desire qu´un ange”. Deseabas un ángel porque vos también eras un ángel. Pero un ángel exiliado, desterrado, o para decirlo mejor: descielado.Y porque eras un ángel decidiste un día regresar al mundo mágico de la noche sin tiempo y la verdad sin memoria. Es decir, al reino de la inocencia, donde no caben ni la memoria ni el tiempo. Pero antes de dejarnos, nos entregaste tus pequeñas palabras, las desoladas o luminosas señales donde aún sigues nombrando el misterio que canta en el rojo brillante de una manzana o acecha desde un frasquito con barbitúricos.
  De entre esas palabras, quiero recordar la de un poema que me regalaste, manuscrito, al poco tiempo de conocernos, en aquellos días que caminábamos juntos las calles de tu adolescencia. Cuando las escribiste no tenías veinte años y sin embargo ya alentaba en los versos la Alejandra lúcida y al mismo tiempo sombría, dura, torturad, que fuiste en la última época. El poema no tiene título sino esta dedicatoria: “Antonio: entonces el ángel que firma con mi nombre me dictó este poema para ti”. Y los versos son éstos:
             Afuera hay sol.
             No es más que un sol
             pero los hombres miran
             Y después cantan.
             Yo lloro debajo de un suspiro.
             Yo agito pañuelos en la noche
             y barcos sedientos de realidad
             bailan conmigo.
             Yo oculto clavos
             para encarnecer a mis sueños enfermos.
             Afuera hay sol.
             Yo me visto de cenizas.

Afuera sigue saliendo el sol, Alejandra, para alumbrar las mentiras que no quisiste aceptar. Vos, del otro lado, del lado de la verdad, de la inocencia sin tiempo y sin memoria, quizás estés ahora ofreciéndole a un ángel parecido a Gérard Philipe aquella manzana que una vez hurtaste en un rapto de poesía.
            

 

                

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