PACTO DE CUERVOS
de Ricardo Rubio


 

Saldremos hacia la noche por la misma puerta. Tendremos que pasar entre las fuentes y los crisantemos ligeramente erectos, calmos y espaciados. Iremos hacia el otoño remedando nuestros pasos, repitiendo idénticos golpes sobre las negras lajas que nos guiarán hasta el amanecer. Tal vez dejemos de vernos y sentirnos; quizás olvidemos que alguna vez nos tocamos con estas manos que ahora se deslizan entre ropajes dentro de nuestras maletas. La salida será volver, abandonar el sitio el que vivimos un largo tiempo; sin embargo, estaremos saliendo por primera vez del único lugar que nuestra memoria recuerda.
Marcela nos dirá adiós y no medirá el alcance de su saludo, la consecuencia del para siempre. Probablemente la bese en la mejilla y ella llore —o no—, y baje la mirada.
Nos iremos de todos modos, Laura; juntos hasta el portal grande, y luego cada uno moldeará el destino a su antojo. No nos dejaremos vencer por la emoción aparente ni por el disgusto de juntar nuestras manos con las manos de Humberto, quien habrá de interrumpir sus estupideces para vernos ir. Para nosotros volver. Es posible que él crea que una vez en el portal correremos arrepentidos sobre nuestros pasos, confundidos y avergonzados de nuestra osadía, azorados por nuestra tímida pretensión de libertad. Y se equivoca.
Mónica acaba de vestirse con velos transparentes. ¿La ves, Laura? Desnuda ciertos encantos inevitables de su persona para ser más eficiente con los deseos que la atormentan. ¿Qué busca en cada juego? ¿Contra quién es el desquite? Pasa, se desliza, insinuante, hacia el salón mayor. Humberto, que está de espaldas, no la ve; observa inmóvil el extraño dibujo que apoyó sobre la chimenea. Hace horas que está así, y sabemos que no se moverá hasta despedirnos, momento en el que se pondrá de pie, se ajustará el cordón de su pijama y caminará lentamente hasta enfrentarnos. Lo hace a propósito, algún conjuro, seguramente un acto de mala entraña con el que canaliza el odio.
Mónica vuelve a cruzar frente a nuestra puerta, esta vez desnuda. Hay algo distinto en ella, aunque aún no se le nota el niño. Humberto se sacude, y es la primera vez que le sucede desde que se nos permitió compartir el mismo edificio. Jamás le habíamos visto sufrir convulsiones durante sus prácticas sobrias y controladas. Acude Dante desde la planta alta y lo incorpora, porque Humberto ha caído y babea por las comisuras de sus labios. A Dante no parece importarle mucho el estado de su hermano. En realidad, Dante no se preocupa más que de sus gustos. Lo levanta con facilidad y lo deposita suavemente en el sillón del cual cayó. El también sabe que nos vamos, todos lo saben, pero no hablan.
Humberto está ahora más tranquilo; empezó a leer luego de avivar la llama del hogar. Mónica aparece de pronto interponiéndose a mis ojos, intentando una sonrisa que no logra. Fuma y arroja las cenizas de su cigarrillo sobre nuestra ropa. Son casi cinco meses y no se le nota el niño, o tal vez no me dé cuenta.
Dante se ha puesto a conversar con Andrea y ya empezaron con sus juegos. Mónica se pone muy nerviosa cuando Dante y Andrea juegan como juegan, ella quisiera jugar conmigo, pero no me queda tiempo. Y es que me voy, me voy con Laura, y dejo todo esto para siempre.
Dante, a pesar de ser el mayor, es el que más juega: dale que dale de dar vueltas sobre la alfombra. En cambio, Andrea, no se ve feliz con estos juegos de hoy, quizá sea porque sabe que nos vamos esta tarde, que pasaremos entre las fuentes que ella admira y los crisantemos que ella riega. Quizá por eso esté triste y ya no quiera jugar con Dante, ni con Carlos ni con Abel. Es probable que no nos despida para no llorar. Nunca le gustó llorar, de pequeña solía apretar los puños para no soltar las lágrimas que luchaban por salir. Dante debería jugar con otra, no creo que Andrea termine bien el día.
Miro a Mónica, incólume frente a mí. Acerco mi mano y le acaricio (o creo que acaricio) un espectro luminoso que me gustaría hallar en su vientre. Ella se ofusca, me retira la mano y sale de la habitación con violencia, tensando sus visibles músculos. Corre hacia la sala en donde Dante y Andrea juegan, y se arrodilla ante ellos abrazando al hombre. Andrea se incorpora y camina hacia la escalera por la que sube saltando de dos en dos los escalones. Ya no la veo, pero es fácil advertir su contrariedad.
Abel no hizo ningún comentario sobre nuestra decisión. En realidad, Abel, nunca dice nada de nada. Tiene casi la edad de Dante y es la segunda autoridad aquí. Desde que lo conocí, cuando accedí a este edificio, no le he escuchado más que dos o tres palabras de corrido, y por momentos se me olvida el timbre de su voz. No parecen interesarle los placeres carnales, pero, según creo advertir, está enamorado de la pequeña Fernanda, la hija menor de Humberto, a la cual supera en no menos de veinticinco años.
No veo a Mónica ni a Dante, sólo escucho sus voces. Humberto ya no lee. Volvió su mirada sobre el extraño dibujo de turno, y simula ignorar que su hermano y Mónica se entrelazan detrás de él, sobre la alfombra.  
Hace un momento que terminamos de empacar nuestras escasas pertenencias, y estamos mirándonos con una intensidad que en apariencia podría delatar un amor oculto entre nosotros. Pero no es así, Laura, nunca pudimos ser más que buenos amigos. Por eso nos vamos juntos. Ya sabemos que después del portal cada uno seguirá un camino que ni por prefijado ni por conveniente merecerá ser el mejor.
Humberto acaba de rozar el hombro de su hermano con un dedo en un gesto que pretende pasar inadvertido. Dante gira hacia él. Se intercambian unas miradas, apenas unos gestos, y Abel, que los ve, busca inmediatamente con sus ojos el interior de nuestra habitación, nos señala con un brazo y abre la boca para pronunciar las palabras inaudibles que no comprendemos en la distancia. Advertimos su profundo malestar. Está furioso.
Fernanda sale de la ducha y cruza la sala envuelta en una toalla hacia el hogar. Abel se aparta unos centímetros para darle paso, sabe que la pequeña Fernanda gusta de secarse frente al hogar después del baño, y todos los días se presenta en la sala con algún pretexto para verla pasar y posar frente al fuego, rabiando en su mutismo. Ella empieza a secarse y a mostrar su desnudez. Vemos la turbación, la impotencia de Abel agachando su cabeza, ocultándose de un juez imaginario que sanciona sus pensamientos. Da un paso atrás y se arruga contra un mueble. Humberto, más hábil, observa las escaramuzas con inteligencia.
Muy pocas veces he visto a Fernanda totalmente vestida; le agrada mirarse largamente en el espejo y empolvarse con talcos muy especiales que Carlos trae para ella desde afuera. Carlos es el único que sale a menudo de aquí, es el hermano mayor de Andrea y de Fernanda, aunque no es el primogénito de Humberto por razones que desconozco.
A pesar de oficiar de mandadero, Carlos no está muy contento con lo que aquí se hace, se comenta que tiene una esposa fuera; no lo creo. Permanece entre nosotros por comodidad, hay suficiente dinero para pagar por su pereza y sus gustos, y para matar su hambre, cosa que, tratándose de él, vale mencionar.
Mónica se ha incorporado y ha perdido las ganas de continuar el juego. Se me acerca cuando cruzo la sala en dirección a los baños.
—¿No te importa saber si es tu hijo? —me pregunta en voz baja.
—Sé que es mío.
—Es un capricho —me dice, esforzándose para no gritar.
—Deseo otra vida para mí. Salgamos juntos.
—No.
—¿Lo ves, Mónica? —fingí enojarme—. No soy yo.
Reinicio el paso y Mónica cruza por detrás de mí, seguramente llorando.
Frente a este espejo he mirado en los últimos meses mi cabello oscuro y mis ojos claros, y no me acostumbré a ellos. Creo que extrañaré este espejo. Los dos lo extrañaremos, Laura y yo. En él nos hemos visto reflejados juntos muchas veces. Ella, su cabello claro y sus ojos también claros. Jamás veré otro espejo como éste. Creo que también extrañaré la casa y sus cosas. Ambos extrañaremos todo. No debe haber muchos lugares como éste, ni con mujeres tan hermosas como Mónica o Fernanda, incluso Marcela.
Esta es la hora en que Mónica debe mirarme, no puede perder la última oportunidad de llorar en mi presencia. Pero no me mira. Soy yo ahora quien le la busca con los ojos. Se ha sentado sobre el mármol, con los brazos abrazando sus rodillas; su cabeza cae hacia atrás.
Ya es hora. Levantamos nuestras cosas y emprendemos la marcha por el centro de la sala principal. Por nuestra derecha, Fernanda, Carlos y Marcela; por nuestra izquierda, Humberto, Abel, Dante y los niños. Todos salimos hacia el parque. Por detrás, avanzan los de menor jerarquía: Manuel, el bueno de Marcos —a quien, seguramente, le gustaría acompañarnos— Pablo, Alicia, y todos los nuevos, arengándonos desde su silencio. Sé que muchos de ellos deberían reunir valor para irse, no son lo felices que les prometieron. Sufren y lloran en su impotencia.
Mónica junta sus piernas al tiempo que la invaden gestos nuevos. Trasponemos la puerta principal. Humberto me distrae con la hosquedad de su rostro e intenta amilanarme con la fuerza de sus ojos. Percibo su poder pero lo ignoro mirando por sobre su hombro, buscando a Mónica en la distancia, que ha salido y va apareciendo de tanto en tanto entre los árboles. Ahora se sienta sobre uno de los bancos del parque, y nuevamente se va recogiendo, tomando la forma que viera antes en la sala. Flexiona con lentitud las piernas hasta poder enlazar sus brazos en torno a ellas; esta vez, apoya su mejilla derecha sobre las rodillas. Y me parece que se le nota el niño.
Seguimos avanzando entre el silencio de quienes nos apoyan y quienes no. Los que creen en nosotros no se hacen notar, pero respiran un aire de triunfo y adivinan la esperanza de libertad en nuestro ejemplo.
Laura y yo seguimos creyendo en lo que hacemos, seguimos adelante. La repentina detención de Abel me oculta a Mónica que, distante de nosotros, permanece pensativa y quieta.
Estos son los crisantemos que Andrea adora, aquellas las fuentes que ya no echan agua por el sexo de los ángeles. Todo este parque pleno de lirios y violetas fue mi pasión alguna vez: los áloes del invierno, las colocasias, el cantero de las dalias y el vivero en donde me uní a Mónica por primera vez, allí, al final del caminito de piedras, con sus amarantos y jacintos, y los somormujos que los cuidan. Esto tal vez valga la pena recordar.
A su pesar, Humberto se adelanta para abrir el portal. Acaba de sacar la llave de uno de sus bolsillos y me embiste con sus ojos áridos, todos ven que me mira, y me miran a su vez. Abre, y los gruesos maderos se desplazan con pesadez hacia los lados; también Humberto y los demás, dándonos paso. Se produce un nuevo y angustiante silencio, la quietud de nuestros cuerpos parece haberse extendido hacia el parque: no más chillidos de palomas ni de benteveos, no más viento.
Laura traspone el portal y se detiene en la acera. Gira su cuerpo para buscarme y se da cuenta de lo que repentinamente decidí; luego, vuelve a darme la espalda y avanza hacia el empedrado. Permanezco quieto un instante. La maleta ha caído de mi mano. Giro y emprendo una loca carrera hacia Mónica, allá en mitad del parque. Detrás de mí reverbera un fuerte estampido.
Carlos se arroja desde lo alto del paredón que nos separa del mundo exterior y se cuelga el fusil al hombro. Ahora está volviendo hacia los edificios sin esperar a nadie. He quedado quieto, hundido en la gramilla, advertido definitivamente de la cruel verdad. No puedo moverme y no puedo dudar de lo que creo. No sé qué estoy creyendo.
Abel y Dante cruzan el vano del portal hacia la calle y rápidamente cargan el cuerpo de Laura, entrándolo al parque. Un grupo de mujeres restriega la vereda con pañuelos abollados. Los pañuelos se colorean de sangre con prontitud. Me siento morir. Caigo de rodillas cerrando los ojos a la blanda maldición que apenas pronuncio. Mónica llega hasta mí y me abraza.
Todos vuelven a los edificios sin mirar atrás. Cargan sus cabezas caídas y sus pies cansados de nunca correr. Nadie nos mira, sólo Humberto, que es el último en pasar. Siento que empiezo a llorar. Mónica me besa. Entre las lágrimas, la veo perfecta.
No creo ser un hombre vencido todavía, o no quiero creerlo: nadie puede salir, de todos modos ya no me podrán tomar desprevenido. Siempre estaré acechando.

 

 

                

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