PRÓLOGO: "Señales" de Liliana Varela, por Susana Cattaneo

 

Consideramos la poesía como una manifestación de la experiencia estética, lo que está totalmente logrado en este libro. Como en sus obras anteriores, por ejemplo “Coreando poemas”, sólo por nombrar una, Liliana Varela nos ofrece con toda claridad la visión de hasta dónde es capaz de sentir dolor el ser humano, hasta dónde ella es capaz de dolerse a través del poema para comunicarse con sus semejantes. En el mismo título ya encontramos esta intención: las señales son formas de comunicarse, ya sea a través de palabras concretas o de representaciones de cosas en forma simbólica.
En el poema que da apertura al libro la autora se desdobla: ella misma añora a su otra parte que ve irse irremediablemente llevándose sus sueños, esperanza, libertad: “En este presente que es continuo/ ella es la libre, la original”…y en otro poema”Ella quisiera escapar de sí misma/ ser libre-no esclava/ de su propio altar”.
Estamos frente a una autora comprometida con la poetización del sufrimiento humano. A través del libro vemos diferentes registros emocionales, caídas, peregrinajes para superarlas; la vemos levantarse y seguir viviendo: “Tal vez mañana los ciegos ojos quieran recuperar la visión, captar la nitidez de aquel arco iris”.
Ella se desviste de su piel, de sus huesos, de su mente:”Soy la nada entre las nadas”…”y cada día agonizo un poco más”. Pareciera que rinde en holocausto su vida a la poesía para que esta la ayude a tolerar la soledad existencial, tan presente en todas sus obras, incluso en su narrativa.
A través de los versos espera esa salvación, ese presente que sea paso hacia algún lugar donde encuentre manos que se le brinden y hagan desaparecer la orfandad que tanto desasosiego le causa.
Hay un punto de encuentro con Alejandra Pizarnik, dado que notamos, aunque con un estilo totalmente distinto, alusiones directas o entre líneas a la muerte y al hastío de vivir, a esa sensación de orfandad antes nombrada, al dolor de estar viva: “Estoy llamando a mis muertes/ pero no vienen…son varias/ tantas que he perdido la cuenta/ de su existencia”. “No pertenezco a nada y nada es mío”…”transito la ruta que no lleva a ningún lado”.
En su poesía, este libro nos hace llegar la cadencia de la belleza que emerge venciendo a una imagen de sufrimiento que aparece siempre como una astilla que amenaza clavarse en nuestros ojos.
Pasamos las páginas y  vemos cómo se quiebran sueños y la luz se oscurece. Cómo, a través de una construcción original y profunda en sus mensajes, reaparecen sin dejarse vencer. Aquí la poeta se arroja a aguas que son duras, ácidas y no tiene miedo de expresarse. Su palabra rememora en todos nosotros nuestras propias angustias y nos atrapa por la intensidad de la simbología.
En el itinerario a través de los poemas está siempre presente aquello de Heidegger cuando decía que el hombre es un ser arrojado en el mundo y que vive para la muerte y que cuando acepta su finitud, es una persona. La autora de “Señales”  está en este grupo de seres humanos, en contrapartida de los que este filósofo llama “entes” que nada piensan ni razonan a través de su vida.
También me llevó esta lectura a asociar con otro filósofo, Schopenhauer, que no dudaba que hay un determinismo que maneja todos nuestros actos, por lo tanto el libre albedrío es una utopía. La autora no puede huir de un destino que le es fatal, pero ella se rebela y nos dice:”Mañana habrá otro mañana/ donde el alma creará una ilusión de eternidad…Existirá otro abrigo con que vestir la piel…mi alma eterna/ rebelde/ jamás dejará de elevarse a las estrellas”.
Quiero destacar un poema que titula “Soy un mueble” donde casi impiadosamente nos trasmite el sentimiento desgarrador de la absoluta pérdida de la autoestima que, inevitablemente, lleva a una visión melancólica del mundo. Poema logrado con genialidad.  
La voz se transforma en imágenes fuertes que impactan y nos hacen vivir una realidad cruda, que nos fagocita sin dudarlo, como el poema”Pegada al suelo”: “Un lazo me une al infierno interno/ nada liberará el alma”.  
La obra se divide en cuatro partes. Hay un denominador común en las dos primeras y en la última, no en lo externo del dibujo sino en el contenido intrínseco de las mismas. La tercer parte es como una concesión de respiro que nos da la poeta, respiro frente a la realidad del interior de los hombres. Este tramo está compuesto por una serie de poemas que bellamente nos remiten a personajes y lugares de la historia de la humanidad. Hay magia poética en ellos y la autora nos nutre con esa magia. Nos habla de Lilith, Masada, el Nilo y con gran destreza en la escritura hace que haya notas musicales que nos distienden un poco en este bucear por la profundidad del alma. Así, un poco más armados, llegamos a la cuarta parte donde el dolor se hace nuevamente dueño de los versos, acompañado por el brillo de una buena escritora. Como ejemplo de ello, tenemos el poema que dice: “Los lobos aúllan su suerte/ yo, apenas murmuro/ tu nombre a la luna”.
Es una época donde se persigue el éxito sin fijarse en los medios para lograrlo; donde el valor dinero y poder están por sobre el valor vida; donde el egoísmo no permite percibir que hay “otro” en nuestro contexto diario.
Surge la figura de Liliana Varela que nos abre el corazón, que nos cuenta, que nos habla desde lo visceral donde la hipocresía y la mentira son imposibles y nos dice que ella es esto que escribe, que así está compuesto su ser; esta es su sangre, su vida.
Amado Nervo dijo: “Si de algo sirve la sinceridad en el arte, que ella me escude”.Esa es la mayor defensa de esta querida poeta: la sinceridad a través de la cual logra romper la máscara que muchas veces siente que la obligan a llevar y que la desvincula del mundo. Este libro llega a lo más profundo y su poesía trascenderá generaciones.

                                                                                                                                                                                                  


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