"PARA JUSTIFICAR A CAÍN" de MARÍA AMELIA DÍAZ por Susana Cattaneo

 

Lo primero que se me ocurre sentir es que este libro es altamente conmovedor.Y lo primero que se me ocurre decir es que nunca me alcanzaría el lenguaje para hablar todo lo que merece. Está escrito de una forma que en ningún momento se deja de disfrutar un indiscutible placer estético y de observar un dominio total del lenguaje.
La realidad nunca se pierde de vista y cada palabra surge del lugar que ocupa el hombre. Cada uno de los poemas nos lleva a la reflexión de nuestras conductas, a la revisión y cuestionamiento sobre lo que creemos, lo que amamos, lo que elegimos y sobre lo que deseamos. Nos mueve la culpa, la tristeza, el error. Nos lleva a preguntarnos ¿Quiénes somos? ¿Qué hicimos? Nos lleva a ver que la vida a través de milenios siempre tuvo una faceta oscura cuyo dinamismo fue atroz y estuvo referido a la perduración de la violencia siempre ejercida para el daño y castigo del otro.

Está dividido en tres partes que la autora titula:

  1. La violencia divina
  2. La violencia humana
  3. La violencia renovada

Vamos a decir algo de cada una de ellas, entendiendo por “algo” un enfoque de los muchos que podría haber.
En la primer parte, al leer la mitad del poema que da apertura al libro, ya M. Amelia nos hace sentir una sensación de frescura al describir el principio de los tiempos. Luz, fragancias, aguas cristalinas, verde, es lo primero que nos ofrece. Sin embargo, en el medio del poema, nos topamos con un verso que dice: “pero faltaba algo”. Cuando usamos la preposición “pero” ya se introduce en el habla la existencia de una caja oscura  en la que pueden habitar lo peligroso y lo desconocido. Lo primero que nos muestra la autora de esa caja es el dolor, haciéndonos conocer, según sus propias palabras textuales, el “hielo abrasador de la espada del ángel”.
Carlos Pellegrini decía que el poema despierta emociones insospechadas. Eso nos sucede al leer estos versos donde la inocencia surge del mal, las sombras de la luz.
A través de la historia de Lucifer nos lleva de la mano para mostrarnos las más oscuras emociones del hombre. Recordemos que Lucifer es el ángel más bello y lleno de sabiduría que se rebela contra Dios porque quiere ser como Él, dado que no se conforma con lo que es. Tal lo que significa su nombre es portador de la luz, hasta que su rebelión lo transforma en adversario. En el libro se van desarrollando de esta manera las pasiones; el regocijo del Paraíso en un principio, luego el deseo de poder que lleva a crear, justamente, adversarios y enfrentar a los hombres movidos por su narcisismo y arrogancia.
En M. Amelia la palabra ahonda en sus propias aguas. Forma una constelación de fuerzas que nos mantiene en vilo durante toda la lectura. En un bello poema nos cuenta cómo la sexualidad mata la inocencia y aquí el pecado se apodera del hombre, no por la sexualidad misma sino por la desobediencia a Dios. Así comienza la especie humana, con desobediencia y sufrimiento.
M. Amelia va con toda excelencia mostrando el psiquismo que nos es propio ya desde el Génesis.
De la caja oscura surgen también los celos: Caín mata a su hermano Abel por celos. El padre quiere a su hermano, pero no a él. La generosidad y la avaricia están entre líneas en el legado que nos va dejando la autora a través del paso de las páginas. Abel ofrenda generosamente a Dios sus ovejas; Caín hace ofrendas que nacen de la obligación y no de la generosidad. M. Amelia nos hace ser testigos del desarrollo del sentir propio del hombre. Caín frente al amor del Padre hacia Abel, conoce la furia y la envidia; llegamos así a uno de los peores actos humanos: el asesinato. El libro nos lleva de la mano de todos estos sentimientos, haciéndonos vivenciarlos mientras caminamos por ese intrincado bosque que ya no tiene absolutamente nada de Paraíso.
Continuamos luego con el Diluvio. El poema que lo nombra, lo vivimos, lo gozamos y lo padecemos porque la palabra de la autora es fuerte, no perdona, es tenaz y cruda. Surge aquí la agonía y la desesperación de los no elegidos. Y otro sentimiento: la venganza de Dios frente a ellos, porque eran pecadores. Es alucinante la imagen cuando M. Amelia describe las personas en el agua intentando aferrarse a la barca de Noé mientras son golpeados con los remos para que no lo logren.
Hay un Dios, a mi entender, despiadado, que castiga terriblemente todo lo que considera pecado y vileza. Nos dice la autora en un poema titulado “Sodoma y Gomorra” “Y fue Él, tribunal insaciable, con su aliento de azufre que lacró los rostros que pecaron su imagen”. Y nos sigue diciendo con la magia que la poesía tiene en el relato que encierra. Sigue describiendo la ira de Dios en su poema Babel, donde poetiza la construcción de la Torre a través de la cual los hombres pretendían llegar al cielo, hombres que hablaban la misma lengua  y que también pecaban; por eso mismo Dios desbarata sus planes y los confunde con varios idiomas. Recordemos a que Babel significa, entre otras cosas, “confusión”.
Al final de esta primer parte, con magistral conocimiento del alma humana, la autora describe cómo se hace real el terror primario del hombre al abandono, al no-amor. Gritamos todos en el último poema de esta primer parte nuestra soledad, nuestro dolor, nuestro sentir de ser arrojados al mundo, como decía Heidegger y la angustia frente al desengaño después de habernos entregado completamente al prójimo.
Vemos cómo María Amelia en un tercio de libro ya nos ha hablado con su honda poesía de los celos, la envidia, la angustia, el dolor, la soledad, el poder y tantos otros componentes de nuestro psiquismo.
Parecería que la autora es hija de los tiempos, hurga en los secretos de todas las edades, busca el conocimiento primordial que le permite escribir estos versos inolvidables porque dejan huellas y nos llevan a peregrinar por todas las preguntas que siempre nos hicimos y que jamás nos contestaron.
Sus imágenes son contundentes y los poemas tienen un remate que los eleva aún más.

La segunda parte la titula, como ya dijimos: “La violencia humana”. Comienza describiendo la barbarie y las injusticias de la colonización de lo que más tarde se llamó América. La pluma de la autora destila poesía mezclada con sangre de los llamados “indios”, de Tupac, de todos los seres sacrificados en nombre de la nueva cultura y de la nueva religión. Pasa luego a Francia y ya se trata de la sangre que derrama la guillotina en nombre de la libertad. M. Amelia pregunta pero nadie responde: Dice: “Se pasea la Razón, erguida en procesión por las calles, porque la libertad siempre lo pide.¿y la fraternidad? "Magistralmente nos habla de la poderosa mano blanca que es Europa, que, según nos dice con gran lenguaje poético, es tan blanca y rapaz. Nos habla el dolor la poeta frente al desprecio de todo  lo que no es blanco porque todo lo que no lo es, expresa, “es oficio de brujos donde duerme el talismán de las sombras”. Y en el libro asoma la vergüenza que aún nos persigue frente al recuerdo de la esclavitud de africanos inocentes, y nos persigue porque somos humanos y tal vez eso de que somos concebidos con pecado sea en parte cierto y todo nos toque indefectiblemente. También leemos acerca de los millones de muertos en las guerras y pregunta la autora”¿qué prójimo quedó para después”?”Sola la muerte sola, la muerte del otro, que es la propia muerte”. Y hace luego referencia, sin nombrarlas, a las bombas arrojadas sobre Japón. Nombrar sin nombrar: he aquí otra de las genialidades que encontramos en el libro.
Culmina esta segunda parte aludiendo a la dictadura que nos tocó padecer a través de imágenes escritas con verdadera alta poesía; nos habla de las madres de Plaza de Mayo y luego nos hace sentir que caemos de las Torres Gemelas junto con los desesperados que se arrojaron aquel fatídico 11 de septiembre.
Con escritura certera, ajuste sonoro de las palabras, con el sol que irradia de ella y la luz con que nos entrega su interior, pasa a la tercera y última parte del libro.

La violencia renovada: aquí encontramos la violencia con la que convivimos a diario, ahora, aunque esto no quiere decir que no esté presente aquella de la historia. El pasado siempre está y depende de nosotros cómo manejarlo. Vemos hoy un hombre que duerme en la calle, que pasa hambre y frío. M. Amelia nos dice que no encuentra palabras para describir cómo mujeres inocentes se venden en una esquina. Nos dice que no encuentra palabras pero es sólo una sensación porque sé que le llegan fluidamente porque escribe desde las entrañas, desde el latido primario del corazón del mundo. Y desde ese corazón la autora sufre la violencia de un asalto, de un accidente, de las vidas en casa precarias. Nos habla de la droga, también sin nombrarla. Ella sugiere con genialidad indiscutible y con avasallante claridad. En cada palabra desafía el aburrimiento, el desinterés, las miserias que muchas veces son parte de una pseudo cultura que sobrevalora el éxito. Celebro el desvelo y el tesón de M.A. Díaz porque los consagra a la palabra y así rompe el alambre de púas que une los rostros de la tapa del libro.

Quisiera ahora leerles el penúltimo poema:

REQUIEM

Yace en la heladera,
entre el ramo verde de un atado de lechugas
parte del frío cadáver de una vaca.
Sin embargo no habrá estrados
ni acusados declarando ante los jueces,
tampoco habrá misa, ni réquiem, ni oratorio.
La justicia es humana y se tapa los ojos,
y los animales no saben pronunciar su alegato.
Tampoco los fonemas de la palabra asesinos.

 

Termino esta presentación leyéndoles el epígrafe de Francis Picabia que lleva el poema que abre el libro: “El diablo me sigue noche y día  porque tiene miedo de estar solo”.
Justificar a Caín, es acaso justificarnos a todos nosotros. Tal vez, finalmente el hombre, o aquellos que no tuvieron oportunidad de integrar sanamente su yo, haga daño para alejar la soledad, hagan daño porque no saben cv compartir. ¿Aprenderemos algún día?

 


                                                                                                                                                                                                  


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