Juan José Mestre - ARGENTINA

 


ADAGIO OTOÑAL

 
 
Voy dejando caer mis hojas en el resignado otoño que muere entre pardos y dorados. No es nada importante, eso es seguro. Me consuelo con dejar unos pocos versos por legado y que el viento, con su bella tarea de inseminar los campos, haga de ellos algún mirasol que se atreva -por una vez siquiera- a mirar la fría cara de la luna. O que el nombre de mi amada se transforme en violeta y comience a perfumar la dócil sombra de un jardín abandonado. En este transitar de adagios vespertinos, acaricio el tardío sueño de un jazmín que florezca en el próximo diciembre, rindiéndole pleitesía al verano despuntando vida y que, con su tersura, bañe por fin la sequedad de mi epitafio sin palabras.

 



CÀLIZ IRREDENTO
 
 
   
Cruzado intrépido en busca del grial,
¿por qué no me dejas con la paz del misterio
hecho sangre en las venas del Tiempo
macerando amores más terrenos
y tan sagrados como tus sueños?

 



LLAGAS

 
 
 
Con los estigmas del infierno te espero. Un sol amoratado me sirve de testigo. La música se convierte en una letanía de presagios, malos presagios. Las astillas del viento se hunden en mi carne ardiente. Los árboles se eclipsan en la niebla y se reducen a siluetas amorfas, casi fantasmales. El dolor se regocija en cada llaga del alma. El cielo se parece mucho a un alarido gris, de bestia herida. De repente, todo estalla en sombras rojas. No volverás. Esa certeza es la lluvia ácida que extinguirá todo vestigio de mi savia polvorienta y maloliente. Esa certeza es, hoy, mi única verdad y la postrer salvación que repica en las campanas llamando a duelo.


 
 



POÈTICA

En la penumbra desgajada de unas hojas amarillas y borrosas, los versos de tus muslos duermen su canción de esperas. Ansioso deambular por la galaxia, una estrella despojada de luz y de cielo recala en la última metáfora de la candela moribunda. Un rincón agolpa el suspirar de la brisa sofocada. Tu espalda, curva llana con pretensión de viento, eriza la suave rosa de tus senos. Un cisne surge del ensueño con su edredón de alas. Afuera, los lobos aúllan impotentes. El negro de tu pelo escribe su arabesco entre las líneas de una rima adormecida.
 


 

EN EL DEAMBULAR DE LOS ESPEJOS


 
 

En este deambular de los espejos, lo humilde de las dunas asombra. Es el más singular plagio que se pueda hacer del infinito.

Una y otra vez, se reproducen las ondas troqueladas por el viento en la fuga permanente de la arena.

Es esa alteración imperceptible de la imagen, tergiversada en el cristal de la luna cuando aparece al mediodía, mitad humo, mitad nube.

Fantasmas que se corren por milímetros en su orfandad de sueños. Duendes que, en la paradoja mayor de la utopía, crecen con la borrasca idealizada del cuarzo.

En el rubor del contorno incierto que es la vida, las dunas y el espejo se abochornan de la quietud del cielo: tan fijo, tan azul, tan sosegado que no pueden reflejarlo.

 




 




 

 
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