María Eugenia MIllares - ARGENTINA


 

La temprana postergación de la vida
luego
el recuerdo auxiliándonos
ante el desesperado miedo
a lo no vivido.

Haberse adentrado
en paisajes externos
desatendiendo
el propio desierto.

Ser el más débil entre los rezagados
culpar a la inmovilidad
que rebota
como un eco sin fin
en el cuenco de las horas.

Ver el carrusel girando
huracanado
a nuestro alrededor
con su tropilla infinita de sueños
y estirar la mano
sintiendo sólo el frío
de la estela que dejan.

Una pérgola precaria
hecha con voluntad
para que apenas
nos cubra del desconcierto.

Haber cumplido los mandamientos
puesto a tiempo
las ofrendas en el altar
y, sin embargo,
la espera.

Los otros
vistos como bandidos
ante el propio desamparo.

La liturgia de la rutina
es la electa
para sujetarse del manto de los dioses
bajo un cielo
escenografía desteñida
enmarcada en el cansancio.

La cuerda del shamisen
que se corta en medio de la melodía.
La ingratitud de sentirse sombra
de ser el pequeño tronco
desprendido
que arrastra la corriente.

Un patio en penumbra
y pese a ello
el tallo de la hierba nueva
como un rayo
abriéndose inminente
en la fisura.

La fragilidad de los valientes
celebrando el intermitente júbilo
para no impugnar
el nacimiento.

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